Vengador de ensueño

30 11 2015

Él no conciliaba el sueño. Esto le llevaba buscar algo que leer, mirar televisión, a veces incluso a caminar dando vueltas alrededor de la casa.

Era una situación muy irritante. Quizá era el estrés del trabajo, los proyectos que se acumulan con fechas que no entienden razones.

Era un círculo vicioso: El estrés del trabajo le impedía dormir; el no poder dormir le hacía más difícil el trabajo y esto le generaba más estrés. El estrés adicional le impedía dormir bien.

Parecía una trampa sin fin.

Ya harto de la situación fue a su escritorio miró hacia el cielo y exclamo “¡Odio al mundo!”.

Encendió su computadora y empezó a programar.

Tituló al programa como “Venganza”. Y empezó a digitar con fastidio en su rostro, golpeando insistente el teclado, observando irritado la pantalla.

Por ratos se tomaba la cara y contemplaba la pantalla; pero solo un momento para luego retomar la escritura.

“¡Los odio, los odio!” se repetía.

“¡Quiero vengarme del mundo!” decía levantando la voz.

Y era como si junto con la cólera sus neuronas brillara, su mirada se avivara y su pulso arremetiese alimentando su mente… para facilitarle todo.

Ágil y descompilando, iba elucubrando en su cerebro y desarrollando con sus dedos su venganza.

 

Avanzaba la noche y cada vez su escritura tomaba más forma; su resentimiento iba haciéndose de un cuerpo.

 

Era como tirarse sobre ruedas por una pendiente; ya no podía parar. Y los códigos destellaban ante sus ojos, emanando de sus manos.

Y no paró hasta el amanecer.

Con el alba sobre si, se detuvo; sonrió mostrando los dientes… quizá como mirándose en un espejo, viendo su alma, sus emociones y su rostro reflejados en ese código. Así era él, así se sentía y así le conocerían.

Abrió el cajón de su escritorio y sacó un plumón rojo. Lo destapó y pintó una tecla con él.

Allí estaba, mente maligna, el botón rojo del villano. El que lanzaría su ataque final, su venganza contra el mundo para hacerles sentir su total crueldad.

Y con su mirada fija en el botón rojo, levantó la mano lo más que pudo allí sentado. Y dejó caer como una bomba su dedo sobre el botón; lanzando a la red de redes su venganza.

Ese día se fue contento a trabajar; en la oficina su sonrisa no se borraba. No parecía cansado; salvo las ojeras, Su ánimo fue el mejor y su falta de sueño ni se notó. La ansiosa espera lo tenía tan activo. Pero habría que esperar hasta el día siguiente.

Al llegar la noche, como siempre fue a casa, le quitó la batería a su móvil… y como nunca ni bien pegó la cabeza a la almohada durmió plácidamente.

 

De repente durante toda la madrugada cientos de miles de celulares empezaron a sonar. Alarmas de celulares de distintos lugares despertaban a sus dueños con sonidos estruendosos.

Los confundidos usuarios despertaban tensos para empezar la jornada; salir de la cama, empezar a cambiarse… hasta darse cuenta que sus alarmas habían fallado y les habían levantado en plena madrugada.

Durante el día y de noche, mientras el vengador dormía, el virus se había desplazado, llegando desde las redes a los móviles de cuanto usuario pudo, infectado a los contactos de uno y otro aparato; instalándose en ellos para programar los despertadores aleatoriamente entre las 2:00 y 4:30 de la mañana.

Ese día gente de diferentes lugares llegó refunfuñando. Varios compañeros de su oficina empezaron a comentar que algo raro les había pasado; que algo había sucedido con sus alarmas; pensaban que alguien del trabajo les había jugado una broma y les había activado las alarmas a esas horas. Todos ellos con el sueño interrumpido y desencajado.

Él sintió un regocijo inmenso. Su plan había funcionado.

Durante las siguientes semanas… aleatoriamente, las alarmas de los móviles de distintas personas empezaron a sonar siempre entre las 2:00 y las 4:30. No siempre dos días seguidos, a veces no , a veces sí. Molestando, fastidiando. Incluso a veces varias veces en la misma madrugada.

La red se fue extendiendo, de cientos de miles a millones, y de un país a otro.

De pronto el mundo entero sufría. La gente de todo el mundo iba atando cabo y comprendiendo que algo extraño pasaba; un día eran ellos, otro día un conocido o su pareja, sus hijos, su jefe, su proveedor, su cliente.

Entonces el mundo dejó de dormir en paz.

Reacciones diversas llenas de frustración se fueron presentando. Gente que despertaba gritando, otros artos lanzaban sus teléfonos. Algunos se deban cuenta que había un problema y quitaban la batería. Otros intentaban configurarlos y por algunos días parecía funcionar, hasta que nuevamente la tortura regresaba.

Se generaban discusiones en casa; culpando a la pareja, al hijo o a la hermana por quitarle el sueño al resto.

Los conflictos y la ira llegaban también al trabajo y lugares de estudio.

La aleatoriedad de los ataca por momentos daba tranquilidad solo para volver y general tal frustración.

 

Largas colas se hacían en las tiendas de las empresas de telecomunicaciones. Caos en todas partes originados solo con un impertinente sonido.

El vengador sentía que era como tumbar grandes muros de una fortaleza con una pequeña campana o un insignificante silbato.

 

Pasaban los meses y el asunto era insostenible. Las noticias empezaron a hablar de ello, en las redes también. Ya era claro que todos eran presa de un virus, un programa malicioso que les estaba haciendo la vida miserable. La dependencia a los celulares les hacía difícil alejarlos de ellos. Quitarles las baterías era algo molesto y en muchos casos era un problema pues no deseaban desconectarse nunca.

Empresas de sistemas empezaron a desarrollar un antivirus y con relativo éxito fueron detectando el problema. Otros programas afectados fueron enviando actualizaciones para evitar la maldición de la alarma aleatoria.

Aun nuevos aparatos y aquellos que aún no habían sido asegurados seguían sufriendo con la alarma.

Muchos aun quedaron afectados de los nervios; a veces despertando a media noche pensando en ese estruendoso ruido incontrolable.

El vengador fabricó un álbum negro; en el todas las portadas de diarios, declaraciones de personas refiriéndose al “virus de la alarma”, afiches coloridos, imágenes emotivas, fotos de celulares rotos de la frustración.

En ella también guardó en la primera hoja una foto de su teclado con el botón rojo.

Ahora, cada vez que no puede dormir o algo le preocupa, vuelve a ojear ese álbum negro que lleva en su tapa en letras blancas “Vengador de ensueño”.


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